viernes, 5 de mayo de 2017

1 de marzo

Por Hugo Hernán Diaz para el Diario del Juico

Eran las 10:06 de la mañana del viernes cuando partimos desde el Tribunal Oral Federal hacia la ciudad de Lules, situada a un poco más de 5 km de la capital tucumana. Cuando digo partimos hago referencia a jueces, abogados, administrativos de fiscalía, personal de gendarmería y nosotros, los periodistas. En medio de una jornada cálida llegamos a La Reducción, allí nos esperaban Lidia Damiana Carrizo y Eduardo Benjamín Córdoba, los testigos del día.
Lidia tenía una pollera azul que le llegaba casi hasta los tobillos y un chaleco del mismo color, en los pies había optado por ponerse medias blancas y zapatos marrones. Su rostro lleva las marcas del paso de los años, su postura es un tanto encorvada. Caminó despacio, se sentó al lado del juez Juan Carlos Reynaga y le manifestó que le gustaría que su hijo pase a la sala que se había montado en el comedor de la casa. Una vez concluidas las negociaciones frente al pedido la declaración se inició.
Es jubilada, tiene 82 años y es madre de una víctima que ya declaró anteriormente en el TOF.
Para el año 1975 la mujer y su familia (compuesta por su marido y tres hijos) vivían en San Rafael, Lules. Su esposo, Manuel Leónidas Córdoba, era policía, y llevaba adelante su actividad en la comisaria de la zona.
El primero de marzo de ese año, alrededor de las veintiún horas un grupo armado ingreso a la casa de la familia Córdoba-Carrizo. Algunos vestían uniformes azules, mientras que otros lo hacían de verde. Lo primero que hicieron fue preguntar por la hija mayor del matrimonio, sin embargo la misma no se encontraba en el hogar en ese momento. Luego de revisar el lugar y de cerciorarse que la joven no estaba allí comenzaron a golpear a Manuel; lo patearon y lo pisaron mientras lo acusaban de ser miembro del ERP amenazándolo con que “iban a hacer boleta”. Más tarde lo cargaron en una camioneta y se lo llevaron. La próxima parada sería la casa de la suegra de Lidia, espacio en el que estaba la joven que buscaban. Padre e hija fueron secuestrados y llevados a la escuela Diego de Rojas, más conocida como “La Escuelita de Famaillá”.
El mismo día en que Manuel fue detenido, Jorge Eduardo Córdoba, el otro testigo de la mañana, se dirigió a la oficina de Heriberto Albornoz para solicitarle que le otorgue la libertad a su hermano, a lo que éste (por Albornoz) respondió en forma positiva y hasta pidió disculpas por lo ocurrido. Sin embargo era otra de sus maniobras del tenebroso policía multicondenado.
Eduardo tiene 85 años, es jubilado y director de un comedor que da de comer a setenta y dos chicos todos los días del año. Para la ocasión se puso una campera beige que representa mucho en su vida, fue con la cual conoció al papa Juan Pablo II cuando le tocó ir como representante del PJ.
“Albornoz lo hace liberar esa misma noche, parece que había entendido que él no tenía nada que ver.” Sin embargo, cuando Manuel intentó reincorporarse a su trabajo se dio con la noticia de que había sido cesanteado del mismo por expresas órdenes de Albornoz, e incluso sus ex compañeros le advirtieron que querían matarlo.
A los dos días de su liberación Manuel fue nuevamente detenido y trasladado por segunda ocasión al centro de detención clandestina conocido como “La escuelita de Famaillá”. El itinerario del horror continuó en Jefatura de Policía; luego tuvo un paso por Comisaría nro. 13 y finalmente en la penitenciaria de Villa Urquiza. El 13 de marzo de ese año sería liberado.
Lidia inclinó su cabeza como mirando al suelo pero sus ojos no tenían una dirección. “No teníamos ni para comer, habíamos vendido todo”. Manuel ya nunca volvió a ser el mismo, incluso se vio obligado a usar sillas de ruedas a causa de las graves lesiones que le ocasionaron las torturas recibidas. El tiempo trajo para él un derrame cerebral ocasionado por las constantes palizas durante su secuestro, y así, nos dejó físicamente.

La hija del matrimonio volvió a casa mucho después que su padre, recién en septiembre del 76. Su libertad fue condicional y tuvo contacto con los represores hasta 1981. Su identidad esta preservada en este artículo por ser una víctima de delito sexual.

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