viernes, 10 de febrero de 2017

Para vos

Aquí vamos. Acercando cada uno los pedacitos en los que quedamos. A ver si entre todos podemos rearmar este espacio. Rearmarlo y rearmarnos. Siempre supimos que eras inmensa, te lo dijimos de miles de maneras. Y ahora nos tenemos que hacer cargo de la inmensidad que quedó en nuestras manos. No sabemos cómo seguir. Vamos empezando a caminar pasito a pasito. Como aprendiendo de nuevo, porque nos cuesta mucho caminar sin vos. Sabemos que tenemos que recuperar la alegría. Y defenderla. Pero sabemos también que no nos vamos a despedir de esta tristeza. Que tenemos que abrazarla y saberla nuestra. Tampoco sabemos cómo lo vamos a hacer, pero lo vamos a hacer.
Cómo no recordar tu sonrisa. Tu sonrisa y sobre todo tu risa. Esa risa desparpajada que podía llenar los rincones más oscuros. Que retumbaba en las paredes. Y que ahí se quedó, retumbando en todas las paredes que te escucharon. Cómo sacarse de la cabeza tu voz. La socarrona y divertida. La profunda y reflexiva. Los matices de tu voz fueron los más ricos y variados que escuchamos; porque nadie, como vos, le supo dar, con tanta precisión, el tiempo a las palabras para que sonasen como debían sonar. Tu palabra. Esa palabra que cuando salía de tu boca se metía por los oídos de quienes escuchaban e iban abriendo cabezas y terminaban, ineludiblemente, clavada en los corazones. Tus gestos. Porque cuando hablabas, toda vos hablaba. Tus manos, tus hombros. Cada músculo de tu cara. Tus ojos.
Aquí estamos tratando de rearmar este espacio al que le diste tanto. Tenemos que volver a entrar a esa sala donde te vimos abrazar la imagen de tu papá, orgullosa de él y de vos. Donde nos mostraste que se podía defender la alegría en medio del peor de los horrores. Donde te escuchamos hacer justicia. Porque nos quedó claro que no fuiste a pedirla. Porque nada fue más parecido a la justicia que escucharte a vos diciendo: “Inoportuno vuelve hoy, en mí, por justicia”. Y ese abrazo inabarcable con ‘la Silvia’, madre tuya, y un poco, madre de todos. La que tuvo la subversiva costumbre de reglarte “infinitamente más libros que muñecas”.

Te seguiremos llorando. Pero también nos reiremos de tus chistes negros. Nos vamos a reír cada vez que imaginemos qué hubieras dicho en estas o aquellas circunstancias. Nos seguiremos acordando de los abrazos largos y apretados. De los pedidos a gritos del ‘porrón al hielo’. De tu costumbre de decirnos por el nombre completo cuando te hacías la enojada (o te enojabas en serio). Estamos empezando a entender que la tristeza nos va acompañar siempre pero vamos a reaprender a reírnos a carcajadas cuando te pensamos. Vamos a rearmarnos y a rearmar los espacios por los que vos luchaste. Vamos a seguir adelante porque si hay algo que todos los que estamos en este lugar sabemos, es que ninguno fue el mismo después de conocerte.

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