viernes, 9 de septiembre de 2016

Crónica Jueves 1 de Septiembre: La familia Abad, Juan Nicolás Coronel, Segundo Porven y Oscar Guidi

  • por Exequiel Arias para el Diario del Juicio
PH Archivo Operativo Independencia - Gentileza Archivo Nacional de la Memoria



Los pequeños hermanos Abad quedaron solos por meses cuando secuestraron a sus padres

Silvia Eusebia Abad tenía 6 años cuando se llevaron a sus padres y a uno de sus hermanos, en marzo de 1975. Ricardo Abad vivía con su familia -su esposa, Asunción Dolores Albarracín y sus hijos- en Santa Lucía, departamento Monteros. Abad tendría 54 años aproximadamente y no tenía ningún tipo de militancia política, le relata su hija al tribunal integrado por Gabriel Casas, Juan Carlos Jiménez Montilla y Carlos Reynaga.

Silvia y su familia vivían a pocas cuadras de la base militar que se había instalado en el ex ingenio Santa Lucía, a donde creían que había sido llevado Abad, a Asunción y a su hermano Raimundo, quien habría tenido 15 años en ese momento. Raimundo estuvo detenido una semana, aproximadamente, pero los padres se ausentaron por mucho tiempo.

Durante ese tiempo, los pequeños Abad estuvieron solos. Eventualmente, un militar de apellido Ausile se acercaba al domicilio para darles de comer o para asegurarse de que los vecinos les llevaran comida.

Nadie se quería acercar a ellos por miedo a represalias por parte de las fuerzas armadas. El menor tendría 6 meses.
Entre lágrimas, Silvia contó al Tribunal que no recuerda cuánto tiempo estuvo detenida su madre. Recuerda, si, que los militares realizaban rondas en el barrio; y que ella y sus hermanos se escondían debajo de la cama cada vez que iban a su domicilio.

Un día, los militares llevaron a su padre de vuelta a la casa, para que vea a sus hijos por última vez y se despida de ellos. Ricardo Abad se encontraba en un estado lamentable, atado con alambres y severamente magullado. Silvia relata que su padre “se despidió y no volvió más”.

Asunción regresó muy asustada y reacia a contar los hechos y a denunciar. El jueves 1 de septiembre, 41 años después, pudo relatar lo que le pasó, frente al tribunal.

Contó que, en el año 1975, trabajaba como empleada doméstica y vivía en Santa Lucía junto a su marido Ricardo Abad y sus seis hijos. Que a ella la secuestraron un día antes que a su marido. Que sus hijos le dijeron, ya que le cuesta recordar en detalle, que las personas que se la llevaron estaban uniformadas y que uno de ellos estaba vestido de civil. Que nunca supo el motivo de su detención, ya que jamás se le exhibió algún tipo de orden de arresto o papel oficial; sólo le dijeron que se la llevaban “para averiguaciones”.
Previo a su detención, supo que los militares merodeaban la zona de su casa constantemente. Ella horneaba panes para vender o para alimentar a sus hijos, pero los militares siempre “le revolvían las ollas” y le cuestionaban “por qué hacía tanto pan”. Sospechaban de ella todo el tiempo.

Está segura de que estuvo presa en la base militar del ex Ingenio Santa Lucía por un par de días, y que luego la trasladaron vendada y maniatada a otro lugar desconocido. Fue maltratada y muy golpeada por fuerzas del Ejército argentino. Luego de cuatro meses de haber sido secuestrada, la dejaron en la ruta, a la madrugada. Regresó caminando a su domicilio.

En ese entonces, Asunción no sabía leer ni escribir. Estaba aterrorizada y no sabía a quién acudir para pedir ayuda. “Nadie se ofreció, yo necesitaba alguien que me ayude”, exclamó.

Nunca más supo nada de su marido. Relata al Tribunal que una de las cosas que más le duele es que sus hijos hayan presenciado el deplorable estado en que estaba Ricardo Abad cuando los militares lo llevaron a su casa para que se despida de su familia. “Pedía que lo bañen. Estaba molido, muy golpeado. Los chicos han visto todo eso. A mí me duele todo lo que pasó y que las criaturas hayan tenido que verlo también”, sollozó.


La vida militarizada

Juan Nicolás Coronel, que era vecino de los Abad, en Santa Lucía, relató que el despliegue militar en la zona comenzó en noviembre de 1974: policías de la Provincia, de la Federal y personal de Gendarmería fueron sumándose progresivamente, hasta instalar una gran base militar en el casco del ex Ingenio Santa Lucía, en el año 1975. Esta militarización del pueblo atravesó la vida cotidiana de la comunidad: las rondas, las fuerzas de tareas y los allanamientos ilegales se habían convertido en una práctica común de las fuerzas armadas.

Era muy joven, iba a la secundaria en Monteros y participaba de reuniones de la JP “para conseguir cosas” para la escuela técnica a la cual asistía.

Fue secuestrado por primera vez en febrero del ’75, cuando lo llevan al casco del ingenio, donde funcionaba una base militar. La segunda detención se produce en julio de ese año, el día que los militares habían llevado a Ricardo Abad en su domicilio, y el joven se acercó para auxiliarlo, ya que se encontraba “muy deteriorado”. Pocas horas después, fueron a buscarlo para llevarlo detenido de nuevo. Esta vez Juan Coronel cree que lo llevaron a Baviera, ya que reconoció la voz a uno de los tenientes que lo tenía detenido y con quien se había cruzado varias veces. “En un pueblo así jugábamos al fútbol, al básquet o al tenis; nos conocíamos todos”.

Luego de que su familia moviera cielo y tierra para encontrarlo, Juan fue liberado. Recordó que la base militar estuvo instalada en Santa Lucía hasta el año 1982. El año anterior, su hermana había sido detenida, pero “nunca pudo recuperarse” y terminó suicidándose.

Juan denuncia ante el tribunal que el terror afectó al pueblo tremendamente. La gente de Santa Lucía estaba calificada de “extremista”; incluso las actividades deportivas estaban atravesadas por este estigma: “teníamos un equipo de fútbol que participaba en la liga. Desde las tribunas, la gente gritaba e insultaba al equipo de Santa Lucía”.


Una familia de cosechadores de limón quedó destrozada por terrorismo de Estado

Segundo Oscar Porven, secuestrado el 25 de julio de 1975, es uno de los nombres que, al leerse su expediente ante el tribunal que juzga crímenes de lesa humanidad en Tucumán, termina con las palabras “hasta la fecha continúa desaparecido”.

A Segundo Oscar le decían “Freido”, contaron sus hermanos, Julio Antonio y María Esther. Ambos declararon en el juicio por los delitos cometidos durante el “Operativo Independencia”, en Tucumán.

Julio tiene 61 años y es albañil, María Esther tiene 63 años y es ama de casa. Cada uno, a su turno, relataron que, en 1975, todos los varones de la familia Porven trabajaban cosechando limón para la citrícola San Miguel. Ninguno de ellos tenía algún tipo de actividad gremial o afiliación política.

La noche del 25, cerca de las cuatro de la mañana, un grupo de tareas con uniforme del Ejército irrumpió en la morada de la familia, tras derribar la puerta.

María Esther no estaba en el domicilio, pero sus hermanos le contaron después que los intrusos golpearon a toda la familia y los pusieron contra la pared. Segundo Oscar fue al único al que se llevaron esa noche.

Los hermanos relataron que la familia recorrió muchos lugares para dar con el paradero de “Freido”, sin éxito alguno y con muy pocas pistas sobre dónde se encontraba. Les dijeron que lo habían visto en la Escuelita de Famaillá, pero -al indagar allí- no recibieron ningún tipo de información.

María Esther finaliza su relato contando al Tribunal que su madre quedó muy conmocionada por los hechos vividos, que sufrió considerablemente la desaparición de su hijo y que la vida posterior para toda la familia “fue un calvario”.


"Casi me matan"

Raúl Osvaldo Guidi tiene 70 años, es jubilado y actualmente reside en Frías, Santiago del Estero. A él lo detuvieron el 4 de junio de 1975, a punta de ametralladora, un teniente y dos soldados, mientras estaba en su casa. Lo llevaron a una base militar y poco después lo cargaron en una camioneta hacia un lugar que, está seguro, era Famaillá.  Durante los interrogatorios, bajo tortura, le preguntaban a quién conocía, si tenía afiliaciones políticas, si tenía vínculos con los guerrilleros. El día en que lo liberaron, le hicieron firmar una declaración donde aseguraba que había sido tratado bien, cuando en realidad “casi lo matan”, en sus palabras.


Una de las cosas que mejor recuerda es cómo lo acusaban de ser guerrillero, y que ponían música para topar el sonido de las sesiones de torturas.

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